Dicen
que cuando alguien está a punto de morir ve pasar su vida ante sus ojos. Ahora
mismo yo estoy en ese preciso momento, y les puedo asegurar que es mentira. No
hay nada pasando ante mis ojos, ni malos momentos, ni glorias, ni fracasos, ni
grandes amores, ni seres queridos; por el contrario, no puedo pensar en nada,
tengo el
juicio nublado y lo único que me recorre de pies a cabeza son sensaciones.Sensaciones que deberían ser las peores que haya sentido, pero no lo son. Me siento bien, de hecho, no cambiaría este momento por ningún otro, no creo que pueda encontrar mayor paz y felicidad junta en un mismo instante. Este sentimiento, este escalofrío que recorre mi pecho, donde descansa una de sus extremidades, con uñas poco afiladas pero que taladra mi carne como si quisiera demostrarme que soy su presa. Puedo sentir que su piel es tan suave como el algodón, y su brazo, firmemente extendido, me sujeta como el premio que le pertenece. Desde sus hombros caídos, por donde pasa su estirada melena, emerge una brutal presión sobre mí, que por momentos hace que me sienta amenazado. Tiene su boca entre abierta, mostrándome sus colmillos y su apetito voraz por la carne humana, sus ojos afilados me tientan a desafiarla; su mirada parece perdida, pero tiene bien claro que soy su objetivo. Hay gotas de sudor empeñadas en recorrer su cuerpo, ha sido una tarea difícil, no me he dejado agarrar tan fácilmente. Siento toda su presencia intranquila y temblorosa encima de mí, no tengo escapatoria. Solo me quedan por decir unas últimas palabras: “ella es la mujer más bella que he visto en mi vida”.
juicio nublado y lo único que me recorre de pies a cabeza son sensaciones.Sensaciones que deberían ser las peores que haya sentido, pero no lo son. Me siento bien, de hecho, no cambiaría este momento por ningún otro, no creo que pueda encontrar mayor paz y felicidad junta en un mismo instante. Este sentimiento, este escalofrío que recorre mi pecho, donde descansa una de sus extremidades, con uñas poco afiladas pero que taladra mi carne como si quisiera demostrarme que soy su presa. Puedo sentir que su piel es tan suave como el algodón, y su brazo, firmemente extendido, me sujeta como el premio que le pertenece. Desde sus hombros caídos, por donde pasa su estirada melena, emerge una brutal presión sobre mí, que por momentos hace que me sienta amenazado. Tiene su boca entre abierta, mostrándome sus colmillos y su apetito voraz por la carne humana, sus ojos afilados me tientan a desafiarla; su mirada parece perdida, pero tiene bien claro que soy su objetivo. Hay gotas de sudor empeñadas en recorrer su cuerpo, ha sido una tarea difícil, no me he dejado agarrar tan fácilmente. Siento toda su presencia intranquila y temblorosa encima de mí, no tengo escapatoria. Solo me quedan por decir unas últimas palabras: “ella es la mujer más bella que he visto en mi vida”.
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