miércoles, 25 de mayo de 2016

La Casa Embrujada

Esta era una casa rara, de esas de las que asustan cuando las ves, de esas que tienen historias aterradoras y por las tardes puedes escuchar gritos provenientes de ella. Era de esas casas a la  que nadie quiere entrar, era una pequeña extensión del infierno, pero era mi casa. Mientras viví allí
jamás me dio miedo, ni siquiera en los viernes trece, pero debo admitir que era escalofriante el mero hecho de pensar que era mi hogar. ¿Qué cómo era mi casa? Pues normal, como todas las casas, solo que estaba un poco vieja y derrumbada. Lo único anormal era que en ella vivían espíritus errantes y que a pesar de que estaba en muy malas condiciones no se fue abajo, debe ser que en el infierno la gravedad no es tan fuerte como en la Tierra. Cuando entrabas, la situación era un poco más desesperante que afuera, quizás podías oler un poco el polvo de azufre y el aire se volvía tan denso como el aceite. No estaba tan sucia como muchos pensarán, pero algunas que otras arañas tenían montado un parque de diversiones en el techo. Tenía una pequeña sala de bienvenidas donde podías encontrar varios sillones y en el que estaba más pegado a la puerta dormía un retrato de un señor barbudo intentando mecerse en él. Más adelante encontrarías un pequeñísimo comedor, tan pequeño que era lo suficientemente ajustado para que solo cupiese en él la mesa en la cual se comía y un pequeño aparador recostado a la pared; y un poco después estaba la cocina, donde siempre parecía haber humo y donde deambulaba el espectro de una mujer, que al parecer quería enseñarme el camino de la vida pero su cuerpo resplandecía tanto que apenas alcanzaba a ver algo. También se podía encontrar el baño, un baño raro, tan raro que en el lavabo el agua parecía no querer salir, y en el váter parecía no querer irse. Traspasando el baño se encontraba uno de los cuartos, aquí yacían dos escaparates ubicados uno a continuación del otro, escaparates que asustaban, escaparates que podían contener monstruos o donde podía mantenerse oculta la verdad del universo, pero de ser así nunca me percaté, porque no busque en ellos otra cosa que no fuese ropa. En él además, se encontraba una nevera, se que suena raro, pero ahí estaba, eso y una especie de cómoda, la cual no estaba tan cómoda, pero cumplía con su función. También en la casa había otro cuarto, este de aspecto más desagradable y caliente, más polvoriento y lleno vida de todo tipo. Tenía un estante con libros en mal estado, algunos en idiomas muy raros y otros con pequeños orificios ocasionados por seres que se alimentaban de tales conocimientos. Pero a diferencia de las demás habitaciones de la casa, este era un lugar  tranquilo y emanaba un sonido peculiar que calmaba a mis oídos. Lo mejor del sitio era aquella pequeña bola de pelos que aparecía de cuando en vez. El cuarto era compartido por muchos, pero tenía un solo dueño: yo. Me atrevería a decir que viví en una de las casas más fascinantes del planeta aunque odiaba vivir ahí. Aún hoy sigue en pie, pero no me atrevo a pasar por ahí, hay demasiados entes que me reclaman pero mis pelos aun sobresaltan en mi cuerpo cuando me acerco a ella.

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