Estoy
en ese preciso instante donde el tiempo se
cansa de correr, donde el aire se detiene a tomarse un respiro, donde la
luz se apaga momentáneamente para no observarme; estoy al borde de la muerte, o
de de la vida, o sería mejor decir que estoy en su línea divisoria. En aquel
momento donde todas las miradas desordenadas
de cada ser vivo se unen en un punto en común, donde se puede alcanzar a ver el final de un hilo rojo, donde cada árbol desprende una hoja de si mismo para dejar marchar un alma marchita de la tierra; estoy en aquel preciso segundo que dios no quiere que suceda, ahí estoy. Mis ojos son capaces de atrapar más información de la que nunca he procesado en toda mi vida; personas mirando aquel descabellado acto con alegría y regocijo, esperando ver en ese maldito segundo la mejor escena de sus vidas. Tan siquiera se mueven o parpadean, como si hubieran perdido los nervios del cuerpo, puede que sean marionetas, porque de otra forma no puedo explicar lo que veo. Una campana ha dejado de sonar inesperadamente, después de haber creído que era lo último que escucharía en vida. Un solo sonido habita entre tanta multitud, poco ruidoso por cierto, pero notable, es el de las gotas de sudor cayendo en el suelo que cubre mi sombra. Puedo ver como saltan precipitadamente desde mi frente tratando de no correr mi misma suerte, evaporándose casi al instante en el acto, después de todo es mejor ser gota de lluvia que no ser nada. También está él, grande y robusto, pareciera que es un pequeño gigante, con su rostro cubierto de trapos y portando el hacha mas grande que se haya confeccionado en este mundo. Tiene un porte firme, sus ojos me vacilan el cuerpo entero buscando el espacio preciso en donde apuntaría su arma, aunque todos saben que ese lugar está en mi cuello. El rey no atreve a mostrar su silueta por toda la plaza, es tanta su cobardía que no se quiere mirar la muerte de quien ha robado el amor de su esposa. En respuesta a esto manda a una de sus criadas con una caja de madera de aspecto desagradable y desmejorado, y la planta frente a mí. Ella hace una pequeña inclinación hacia adelante y voltea su cara levemente hacia la mía, dejándose notar unos ojos desteñidos y un rio de lagrimas brotando de ellos. Sus manos, temblorosas y agitadas, proceden a mostrar el contenido oculto del intrigante recipiente, y al parecer no es nada de lo cual alegrarse. Han logrado ponerme aún más tenso y el tiempo se ha vuelto todavía más denso. Sus delgadas y frágiles extremidades van revelando lo que sería un pedazo de metal dorado y esmeradamente detallado con piedras preciosas, eso me recuerda a…. ¡No puede ser, no es posible! No puede haber llegado tan lejos. Es una corona, y debajo de ella se asoma un rizado cabello rubio. El tiempo vuelve a jugar en mi contra y esta vez vuelve a ser flexible y veloz. En efecto, era la cabeza de la reina Lilith, pálida y cubierta de sangre; estoy anonadado, me cuesta creer lo que veo y a duras penas alcanzo a razonarlo, pero puedo alcanzar a escuchar un grito de asombro unísono de la muchedumbre. Ahora soy yo quien llora a mares y quien grita estrepitosamente. ¡Un regicidio, esto es catastrófico! Mis manos, atadas fuertemente a mi espalda, y mi cuerpo inmóvil ante aquella trampa de madera que me sujetaba, impedían que saltase sobre la gente y me aventara a la búsqueda del rey, a quien le arrancaría los ojos y cada trozo de piel de su cuerpo contra todo pronóstico. Entretanto, aquel hombre enmascarado se acerca a un costado mío y levanta sus manos que sujetan firmemente la extravagante hacha, mientras vuelvo a mirar la cara de la reina, que reposaba ahora encima de la caja. ¿Cómo pudo pasar todo esto? ¿Donde se había escondido el afecto que el rey sentía hacia mí? De un instante a otro todo empezó a dar vueltas hasta que terminé observando mi propio cuerpo y las botas de mi asesino. Solo he vivido 7 años y otro poco, pero en ese tiempo jamás había presenciado tanta maldad como en estos últimos instantes, y todo esto, porque se pensaba que era hijo de un rey cuando en verdad lo era de un herrero, posiblemente el creador del arma que me ha dividido en dos pedazos. La única imagen que me viene a la mente es la cabeza de mi madre puesta sobre aquella maldita caja y expuesta a la luz del día como si fuese un trofeo de caza.
de cada ser vivo se unen en un punto en común, donde se puede alcanzar a ver el final de un hilo rojo, donde cada árbol desprende una hoja de si mismo para dejar marchar un alma marchita de la tierra; estoy en aquel preciso segundo que dios no quiere que suceda, ahí estoy. Mis ojos son capaces de atrapar más información de la que nunca he procesado en toda mi vida; personas mirando aquel descabellado acto con alegría y regocijo, esperando ver en ese maldito segundo la mejor escena de sus vidas. Tan siquiera se mueven o parpadean, como si hubieran perdido los nervios del cuerpo, puede que sean marionetas, porque de otra forma no puedo explicar lo que veo. Una campana ha dejado de sonar inesperadamente, después de haber creído que era lo último que escucharía en vida. Un solo sonido habita entre tanta multitud, poco ruidoso por cierto, pero notable, es el de las gotas de sudor cayendo en el suelo que cubre mi sombra. Puedo ver como saltan precipitadamente desde mi frente tratando de no correr mi misma suerte, evaporándose casi al instante en el acto, después de todo es mejor ser gota de lluvia que no ser nada. También está él, grande y robusto, pareciera que es un pequeño gigante, con su rostro cubierto de trapos y portando el hacha mas grande que se haya confeccionado en este mundo. Tiene un porte firme, sus ojos me vacilan el cuerpo entero buscando el espacio preciso en donde apuntaría su arma, aunque todos saben que ese lugar está en mi cuello. El rey no atreve a mostrar su silueta por toda la plaza, es tanta su cobardía que no se quiere mirar la muerte de quien ha robado el amor de su esposa. En respuesta a esto manda a una de sus criadas con una caja de madera de aspecto desagradable y desmejorado, y la planta frente a mí. Ella hace una pequeña inclinación hacia adelante y voltea su cara levemente hacia la mía, dejándose notar unos ojos desteñidos y un rio de lagrimas brotando de ellos. Sus manos, temblorosas y agitadas, proceden a mostrar el contenido oculto del intrigante recipiente, y al parecer no es nada de lo cual alegrarse. Han logrado ponerme aún más tenso y el tiempo se ha vuelto todavía más denso. Sus delgadas y frágiles extremidades van revelando lo que sería un pedazo de metal dorado y esmeradamente detallado con piedras preciosas, eso me recuerda a…. ¡No puede ser, no es posible! No puede haber llegado tan lejos. Es una corona, y debajo de ella se asoma un rizado cabello rubio. El tiempo vuelve a jugar en mi contra y esta vez vuelve a ser flexible y veloz. En efecto, era la cabeza de la reina Lilith, pálida y cubierta de sangre; estoy anonadado, me cuesta creer lo que veo y a duras penas alcanzo a razonarlo, pero puedo alcanzar a escuchar un grito de asombro unísono de la muchedumbre. Ahora soy yo quien llora a mares y quien grita estrepitosamente. ¡Un regicidio, esto es catastrófico! Mis manos, atadas fuertemente a mi espalda, y mi cuerpo inmóvil ante aquella trampa de madera que me sujetaba, impedían que saltase sobre la gente y me aventara a la búsqueda del rey, a quien le arrancaría los ojos y cada trozo de piel de su cuerpo contra todo pronóstico. Entretanto, aquel hombre enmascarado se acerca a un costado mío y levanta sus manos que sujetan firmemente la extravagante hacha, mientras vuelvo a mirar la cara de la reina, que reposaba ahora encima de la caja. ¿Cómo pudo pasar todo esto? ¿Donde se había escondido el afecto que el rey sentía hacia mí? De un instante a otro todo empezó a dar vueltas hasta que terminé observando mi propio cuerpo y las botas de mi asesino. Solo he vivido 7 años y otro poco, pero en ese tiempo jamás había presenciado tanta maldad como en estos últimos instantes, y todo esto, porque se pensaba que era hijo de un rey cuando en verdad lo era de un herrero, posiblemente el creador del arma que me ha dividido en dos pedazos. La única imagen que me viene a la mente es la cabeza de mi madre puesta sobre aquella maldita caja y expuesta a la luz del día como si fuese un trofeo de caza.
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